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Combatir la noción mítica del amor
Carlos Fabretti
Hay que distinguir entre el amor entendido en un sentido amplio y el enamoramiento, usamos el mismo término, lo cual tampoco es casual. Estoy convencido de que el amor, como enamoramiento, no solo es un mito, sino que es el mito nuclear de nuestra cultura, porque ahí está la esencia del patriarcado. Ya desde el amor trovadoresco, la mujer comenzó a dejar de ser un objeto sexual, una sierva o una paridora de niños, a ser una especie de diosa. Esto no es más que otra maniobra para evitar que se desarrolle como persona en términos de equidad con respecto al varón: a la que no puedo mantener en la cocina la pongo en un altar, pero un altar también es una forma de reclusión. Nuestra concepción actual del amor, a pesar de lo mucho que se ha avanzado en el reconocimiento de los derechos de la mujer, sigue manteniendo la idea de que la relación entre hombres y mujeres se basa en la posesión de la persona, el creerse con derecho a controlar y monopolizar la intimidad del otro. Este mito está tan arraigado, que cuando la realidad defrauda esa expectativa, la gente puede llegar con frecuencia al homicidio, al suicidio o a cualquier otro tipo de excesos.
Soy consciente de que es muy difícil combatir esa noción mítica del amor, pero me parece que es un trabajo fundamental. Tanto que creo que esa visión es incompatible con el socialismo. Sé que es una afirmación muy drástica, pero incluso en sus manifestaciones más válidas y avanzadas, como el que se da en Cuba, aún siguen vigentes muchos elementos heredados de la antigua visión del mundo y creo que mientras no se superen no habrá un cambio cualitativo pleno que permita entrar en otro tipo de sociedad.
¿Cómo sería el amor ideal en esa sociedad mejor?
… Pretender plantearlo en términos cronológicos, sería una visión no dialéctica de la cuestión, porque una forma libre de vivir la relación amorosa y una sociedad libre está en relación dialéctica, se determinan mutuamente. Cada vez que amas de una forma más libre estás propiciando el advenimiento de una sociedad más libre. A tiempo que cuanto más libre es la sociedad en la que vives, más fácil es que vivas de una forma libre tus relaciones amorosas. Ahí hay una dialéctica que, lamentablemente, está muy atrasada todavía. Yo no puedo concebir, ni creo que nadie pueda, cómo será amar en una sociedad libre, porque si no fuera radicalmente distinto a cómo es ahora no valdría la pena tanto esfuerzo. Por desgracia nuestra sensibilidad, emotividad y nuestra forma de amar, están profundamente condicionadas.
Pero sí creo que se pueden apuntar algunas características. Una forma de amar no enfermiza, no neurótica, tiene que prescindir por completo de la posesividad y de la dependencia. El modelo podría ser lo que se entiende por una buena amistad, que también es bastante rara, no es muy frecuente porque en la amistad se dan los mismos mecanismos, aunque tal vez de una forma menos compulsiva. Sin embargo, con los amigos y las amigas, cuando no hay relación amorosa, en general somos menos posesivos, respetamos mucho más su autonomía, su derecho a relacionarse con otras personas. Creo que debe ir por ahí, llegar a ser sumamente respetuoso con el hecho de que la persona con la que tienes una relación amorosa no es una prolongación de ti, ni tu propiedad. Al contrario, es un ser autónomo, libre, un individuo con todas sus peculiaridades y que nunca vas a poder abarcarlo ni entenderlo por completo. Si en una relación amorosa pudieran existir las mismas reglas del juego que en una amistad, hubiéramos avanzado mucho. Aunque esto es pura aproximación, porque cómo será solo lo sabremos cuando lleguemos a ello. Si llegamos algún día, espero que sí.
El amor libre, Eros y anarquía
Del PRÓLOGO (Fragmento). Por Osvaldo Baigorria
Para defender al principio de amor libre se necesitan dosis parejas de inocencia y experiencia. Una vez esacralizados el matrimonio, la familia y la dupla varónmujer unidos «de por vida», ¿qué si no la inocencia puede vincular la libertad al amor, en especial si a éste se lo entiende como pasión o atracción entre seres de carne y hueso? La experiencia susurra al oído que la fidelidad es imposible, que la monogamia es una ilusión y que las leyes del deseo triunfan siempre sobre las leyes de la costumbre. La inocencia grita que el amor sólo puede ser libre, que la pluralidad de afectos es un hecho y que el deseo obedece a un orden natural, anterior y superior a todo mandato social establecido.
Podría suponerse que inocencia equivale a ingenuidad, así como experiencia a cinismo. Pero varios de los autores reunidos en esta antología intuyeron que la emulsión resultante de la fórmula «amor-libertad» es mucho más compleja. Nunca hubo algo más difícil que ser libertario en las cuestiones de amor. Se puede serlo ante la autoridad, el trabajo o la propiedad, pero ante los vaivenes del corazón no hay principio, norma o idea que se sostenga firme en su sitio. ¿Hay alguien más parecido a un esclavo que un enamorado?
En tiempos de relativa paz (es decir, sin guerras nacionales, civiles o religiosas declaradas), los celos son las causa primera de homicidios. En nombre del amor, el ser humano mata, posee y somete a sus semejantes, al tiempo que es poseído por una fuerza o potencia que irrumpe no se sabe bien de dónde y lo arrastra hacia algún destino imposible de vaticinar. La posesión es la antítesis de la libertad. ¿Cómo uno puede ser verdaderamente libre cuando ama? Sólo mediante una reinvención de la palabra amor.
Eros es el antiguo nombre de esa potencia. Antes de que adquiriese el carácter sentimental personificado en un joven hermoso, hijo de Afrodita y de padre incierto (Hermes, Ares o el propio Zeus), que volaba con alas doradas y disparaba flechas a los corazones, era una fastidiosa fuerza aérea de la naturaleza que, como la vejez o las plagas, debía ser controlada para que no perturbase el funcionamiento social. Se supone que fue el primero de los dioses, ya que, sin él, ningún otro habría nacido. De todas maneras, siempre fue demasiado irresponsable como para formar parte de la hegemónica familia de los Doce olímpicos.
Podemos imaginar distintos acuerdos y conflictos en la hipotética unión entre Eros y Anarquía, sobre todo si a esta última no la entendemos sólo como un orden social caracterizado por la ausencia de Estado. Se ha argumentado que an-arché es el rechazo de todo principio inicial o causa primera, de todo origen único y absoluto: «La causa primera nunca existió, nunca pudo existir… La causa primera es una causa que en sí misma no tiene causa o que es causa de sí misma» (Bakunin). Se ha descrito a la energía anárquica como un caos ciego de impulsos autónomos, así como una construcción voluntaria de formas asociativas entre fuerzas que luchan por afirmarse y reconocerse sin disolver las diferencias que las oponen (Proudhon).
En vez de un modelo político utópico situado al final de los tiempos, se trataría de una potencia abierta a la creación constante de individuaciones (Simondon), acaso relacionada con la ancestral idea griega de apeiron que usó Anaximandro para describir ese fondo indefinido e indeterminado a partir del cual surgen sin cesar los seres individuales. Que este principio sin principio pueda unirse felizmente y sin peleas conyugales con aquel dios alado es algo que aún está por verse.
Por cierto, los autores aquí presentados no tienen una opinión única u homogénea sobre la pareja de Eros y Anarquía ni sobre su hijo legítimo: el amor libre. Por ejemplo: mientras que para Cardias –iniciador del experimento conocido como Colonia Cecilia en el Brasil del siglo XIX– el adulterio es la forma más indigna de ese amor, para Roberto de las Carreras la figura del Amante es bandera de lucha contra el matrimonio burgués, según el panfleto publicado en Montevideo en 1902, en el cual el autor relata cómo descubre a su propia mujer en brazos de otro hombre y, en vez de sentirse traicionado, exalta a la adúltera como la mejor alumna de su enseñanza eróticolibertaria.
(…) Claro que se encontrarán suficientes acuerdos de fondo. El amor que aquí se llama libre es aquel que cuestiona toda doble moral, hipocresía o cinismo. Como dice René Chaughi en «El matrimonio es inmoral»: si dos personas desean unirse ante un dios, nada hay que criticar. Todo lo contrario: el problema es el carácter hipócrita de quienes aceptan someterse al rito religioso sin haber pisado una iglesia desde la primera comunión. La mentira pertenece, en esta concepción, al campo del enemigo. El militante anarcoerótico sería, ante todo, un moralista.
El libro: El amor libre. Eros y anarquía (pdf) está en www.noticiasdelarebelion.info.
Como ellas no pueden moverse, procuran llamar la atención del viandante con rojos frutos inconsistentes, parido a la carrera, o borbotones fogosos de flores verdaderamente hechizas, como se dice en México, que pueden deslumbrar al peregrino sediento en noches de luna llena.
Cuando un hombre se acerca, atraído por tales prometedores jugos (no fuegos) artificiales, la planta envilecida por el vicio vampírico de su soledad no pierde la ocasión de clavar un dardo al sediento, cuando se encuentra a tiro de espina. Cada púa de esos nervudos tallos de la chupaflores es, en realidad, como la punta de una jeringa hipodérmica, hueca y adoctrinada para herir y succionar con rapidez la sangre del que se aproxima a devorar el fruto ilusorio.
El viajero inocente come el fruto y sufre el espejismo de una rehidratación momentánea. Un golpe de reconfortante avidez inflama su cerebro, pero es sólo la reacción que padece al perder en un desierto, con medio tanque de menos en las arterias, para morir cerca de allí, lleno de amor por las cactáceas que son la última esperanza del sediento y el horror de los camellos –curtidas cactáceas animales- que miran a las chupaflores con fundada sospecha.