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Después de un delicioso chocolate preparado por Gloria, nos comparte su primera batalla: el ser madre y luchadora social: Luchadora social, entiendo tanto en la guerrilla como en el movimiento pacífico, se espera de la mujer que participa en ambos, sea madre y además sea buena madre, bajo el concepto tradicional. En un libro hacían el ejemplo del Che Guevara como el guerrillero heroico, el hombre nuevo, el que dejó a su esposa, a sus hijos, dejó todo, comodidades y cargos, y se fue a la guerrilla… y no hay hombre ni mujer que le cuestione eso; sin embargo, si una mujer hace exactamente lo mismo, deja a su esposo y a sus hijos y se va a la guerrilla, entonces a ella no se le va a tener como el ejemplo de la mujer nueva, sino de la madre desnaturalizada que abandona a sus hijos porque socialmente se exige de ella que sea madre tradicional y el que sea, además, luchadora. Esto ha provocado que en algunas mujeres que optan por irse y dejar a sus hijos, el que después haya remordimiento, que ellas mismas se lo exijan, y entonces hay un remordimiento para toda la vida.
En mi caso personal, y en el de todas las mujeres que hemos tenido que tomar esta decisión, es un momento difícil porque decides: bueno, soy madre y me quiero incorporar a la lucha armada o clandestina o también a las movilizaciones, lo que requiera la lucha pacífica -que también es muy absorbente-, y es un momento en el que tienes que decidir qué hacer cuando menos con los hijos y ya no digamos al esposo. Dejarlos al cuidado de la familia o llevarlos con una. Yo opté por llevarme a mi hija, ella tenía 4 años, cuando decidí buscar contacto con la clandestinidad y salir del movimiento social pacífico. Mientras estaba en el movimiento social pacífico decidí siempre llevarla conmigo. Mi hija nunca fue un estorbo para mí, la llevé a los pueblos de la sierra, siempre la llevé cargando, bebecita. De hecho, desde que nació ella era una más en el movimiento social, siempre estuvo tanto en las marchas, en los viajes, en las reuniones y en los pueblos de la sierra.
El llanto de un bebé acompaña la conversación, al tiempo que pensamos en las mujeres que con sus hijos e hijas huyen a los cerros cuando el Ejército ataca o cuando se quedan para defenderse. No hay de otra, ¿verdad, Gloria? Hubo momentos específicos, cuando se anunciaba la represión, hubo un día que nos anunciaron que iba la policía a Tequila, Veracruz para desalojarnos, lo pude solucionar cuando mi familia fue por ella, mientras yo me quedaba ahí. Pero cuando ya decido irme a la clandestinidad, tuve que pensarlo muy seriamente porque era la vida futura de ella y mía. Decidí llevarla conmigo. Es una decisión difícil porque cualquier decisión que tomes es mala porque en ambas corren riesgos. Si la dejas con tu familia y tú decides ir al movimiento armado y a la clandestinidad le vas a ahorrar el riesgo y brindarle seguridad, le vas a ahorrar peligro, pero les dejas de herencia un sentimiento de abandono porque por más que se les mienta de que su mamá se murió o se fue a estudiar... ese sentimiento permanece. Y si te la llevas y algo te pasa, puede darse el riesgo de que esos niños queden desconectados, en manos de otras familias o con compañeros, incluso ha ocurrido que se queden con familias de policías porque no hay manera de contactar a su familia biológica, pero se compensa la decisión con el hecho de que iba a vivir la situación de la familia como parte de la familia, en las buenas y en las malas, e iba a evitarle el sentimiento de abandono.
Si la dejaba (con familiares), también le iba a dejar un sentimiento de abandono, es un daño: «no tengo a mi madre y me dejó», y a ese sentimiento cualquier argumento racional no se los quita. Ellos sentirán cierto rechazo y odio a la actitud de dejarlos y toda una serie de sentimientos de rencor y complejo de abandono. Yo decidí llevarla sabiendo que la sometía a riesgos, pero también sabiendo que le iba evitar ese sentimiento de abandono.
El bebé se adormece, mientras Gloria nos cuenta: Representó para mí, cuando ella fue chiquita, no poder participar en algunas cosas como hubiera querido, como andar en la sierra directamente mucho tiempo, y a la par ver su crecimiento y educación, ver cómo participaba adaptándome a mis condiciones. Es un sacrificio mayor y representa un sacrificio de lo que uno quisiera hacer, pero es posible, de que se pudo se pudo. Ella (Leonor) vivió muchos riesgos. Tuve la suerte de no haber caído presa con ella. Cuando nosotros fuimos detenidos, por lo menos ya tenía 19 años, pudo haber sido en otro momento, estoy consciente. Ella siempre se sintió segura del cariño nuestro y eso le ayudó en su crecimiento, nunca dudó y no se sintió abandonada.
La rosca de nuez ha desaparecido de los platos y nosotras miramos el enorme parecido de Leonor con Gloria, y nos imaginamos a Gloria recorriendo las montañas con una nena güerita envuelta en un rebozo. Y es Leonor, la que con voz serena, nos habla del reencuentro con Gloria: No puedo separar como el antes y el ahora, hemos podido mantener los lazos, lo veo como un proceso desde que nací. Empecé una labor de reflexión y labor de entender que las personas que más se aman hay que amarlas libres, no se les puede imponer y mucho menos los deseos de uno. En la clandestinidad pasamos muchos riesgos, y cuando tuve conciencia de eso, pensaba a lo mejor hoy es el último día que veo a mi papá, igual a ella. Es ese el trabajo de poder aceptar que los seres amados son libres y aceptar que mis padres tenían, y siguen teniendo el derecho de vivir sus ideas. Se puede decir que aunque fueron presos no estuvieron sin libertad por esa capacidad de hacer lo que ellos querían, de acuerdo a sus ideas. Entonces esa libertad no se puede acotar con presiones emocionales tampoco, eso no lo he hecho hasta ahorita. Ese trabajo con uno mismo y con ellos de crear ese respeto y ese amor, más en el sentido de apoyo y no de dominio.
La muchacha, que diligentemente lavó las tazas sucias colmadas de chocolate y recuerdos, afirma: Mi mamá tomó la decisión correcta porque su segundo secuestro fue cuando yo tenía 3 años y medio, me tocó presenciarlo y pasaron muchos años para que entendiera que había pasado exactamente. Pero en la memoria emocional eso fue lo que se me quedó, y en esa memoria emocional hubiera sido muy difícil vivir con la idea de que mi madre me abandonó, porque en esa memoria sí estaba consciente de que había un peligro. Entonces, para mí ha sido más fácil aceptar y vivir con ese peligro a que se me hubiera excluido de él y al mismo tiempo de la vida afectiva y familiar y de la relación madre-hija. Para mí ha sido más importante que se me diera la oportunidad de correr el peligro y al mismo tiempo vivir el cariño materno.
La mirada de Gloria cambia cada que mira a su hija, y recuerda cuando hirviendo de fiebre, la bajó cargando a una comunidad buscando una clínica: La decisión era tener una hija o un hijo, pero hubiera sido la misma decisión de llevarla al peligro. Tuve la oportunidad de dejarla porque mi familia la quería muchísimo y me la habían pedido, con la seguridad de que hubiera crecido segura y querida, pero sin su madre, con los demás cariños familiares menos, algo muy importante: su madre. Yo había visto esa experiencia del rencor, de los efectos psicológicos en otras compañeras de lucha porque sus madres las habían dejado y los vi muy fuertes, y no quise darle eso a mi hija.
Casi quedito, Gloria dice: Pero si nos hubiera pasado algo, a mi me hubiera dolido en el alma. Yo corrí ese riesgo de ella y el riesgo de yo sufrir, porque a veces es el egoísmo, es para que nosotros no suframos al ver que le tocó una bala o de que algo le pasó, nos los estamos ahorrando. Yo supe reconocer que hubiera sido un egoísmo dejarla y yo irme tranquila, ya sin ese miedo. Yo tuve siempre ese miedo, ese miedo de perderla o de que hubiera quedado desconectada. Fue la decisión que tomé para evitarle lo otro.
Sobre esos miedos, Leonor, todavía con las manos mojadas, nos habla: Ese miedo siempre fue compartido, aunque nunca se los expresé, ahora lo escuchan en pláticas colectivas, pero el miedo sí se vivía. Aunque siempre hay que saber cómo actuar y saber cómo responder en caso de que algo pasara. Desde que era muy pequeña, siempre mis papás a fuerza querían que llevara una bolsa secreta en mi ropa con dinero para el camión… con esto, con lo otro. (CONTINUA EN PÁGINA 5)