Las Armas de la Crítica


La violencia de género y la responsabilidad comunitaria

La violencia que viven las mujeres es cotidiana y aparentemente eterna. Sea física, sexual, emocional, o económica; sea ligada a la identidad de mujer como madre, hija, amante, compañera, trabajadora, migrante o luchadora social. En fin, la identidad más aceptada de «mujer» ha sido definida desde el mismo sistema que nos inculca los comportamientos y actitudes que hacen de la violencia «natural», «necesaria» y fácilmente reproducible.

En México, dicen las estadísticas de ONGs que 2 de cada 3 mujeres vivirá el abuso físico en su vida. Aunque quisiéramos creer que «a mi no me tocará nadie», los números hablan de otra realidad. De la violencia emocional, muchas veces ni hablan. El abuso sexual también sigue marcando las vidas de un porcentaje alarmante de niñas – la mayoría sufre el abuso a manos de familiares y gente cercana. Las violencias heredades siguen dando luz a viejas y nuevas formas y matices de abuso, dominación y fragmentación. ¿Y qué de las y los que dicen querer crear otro mundo?

En los círculos progresistas, de todas las tendencias y colores, se ha dicho mayoritariamente muy poco acerca de esa violencia y más allá de ella, el bienestar, la salud y la felicidad de las que nos definimos como mujeres. Los deseos y esfuerzos de trabajar la cuestión de la violencia de género han sido hasta denunciados como aspiraciones pequeño burguesas y de importancia secundaria. Si nos mudamos con prisa de la visión de revoluciones a la construcción de poder popular y revoluciones que se basan en la creación de territorios liberados, espacios alternativos y la reestructuración de poderes desde abajo, es difícil imaginar la construcción de poderes populares que no priorizan el acabar con la violencia en contra de la mujer y que no se organicen desde una nueva educación anti-patriarcal que permita la liberación de mujeres y hombres independientemente de las otras identidades que también gozan.

Acabar con la violencia no es un trabajo individual. Mucho menos debe ser la carga individual de la mujer que la sufre. A diferencia de los modelos de intervención basados en la atención únicamente individual que nos han dejado las profesiones clásicas de medicina, trabajo social, psiquiatría y psicología, si hablamos de una lucha para erradicar la violencia en contra de las mujeres, tenemos la necesidad de un trabajo en colectivo. Se necesita que las que sufrimos la violencia de género dirijamos nuestra lucha, pero con plena participación comunitaria para que nuestras comunidades se construyan como zonas libres de violencia física, emocional, etc. Aquí, no se trata de definir a las comunidades sólo como entidades geográficas. Hoy, con el desplazamiento constante de gente hacia los centros urbanos y el movimiento tremendo de las personas que viven en ellos, la definición de comunidad es más complicada. A veces, la comunidad se define por preferencia sexual, por afiliación religiosa o deportiva, por tipo de trabajo, u otra identidad compartida. Nuestros espacios políticos y organizaciones también pueden constituir comunidades desde donde se puede luchar en contra de la violencia de género. En fin, son espacios donde se pueden desarrollar modelos alternativos en lo concreto, donde se pueden generar estructuras que exigen «responsabilidad comunitaria»; una especie de ¿a quién y cómo vas a responder si violas las condiciones elaboradas colectivamente?, donde se pueden evaluar la eficacia y utilidad de mecanismos como la educación, la resolución de conflictos, y también de las sanciones.

¿Pero cuántos espacios de lucha han generado esos modelos? Unas preguntas para considerar: ¿Cuánt@s de nosotr@s podemos decir que en nuestro colectivo u organización hay un proceso definido de resolución de conflictos que responde a las necesidades de las mujeres?¿Cuánt@s estamos participando en una organización que da prioridad a la educación acerca del patriarcado y el machismo? ¿Cuánt@s hemos participado en una evaluación colectiva de cómo reproducimos el machismo en nuestro espacio, en nuestras relaciones, y nuestras formas de trabajar? ¿Cuántos compañeros que han sido señalados por fomentar violencia física o emocional en nuestro espacio han participado en procesos de «reeducación» o han buscado apoyo como una exigencia colectiva? ¿Pueden las compañeras que participan en nuestro espacio contar seriamente con la organización si están sufriendo el abuso físico o emocional de un compañero que sea compañero del espacio o no? ¿Cuántas de nosotras tenemos otras alternativas a llamar a la policía si estamos sufriendo un acto de violencia física o sexual?

Históricamente, los modelos de responsabilidad comunitaria han sido variados. En algunas comunidades indígenas de Canadá, se hacían círculos donde los hombres compartían sus actos de abuso físico o emocional con la comunidad. Hablarlo lo sacaba de lo «privado,» lo normalizaba y desafiaba las reacciones defensivas de los hombres. En otro ejemplo de la India, la gente se congregaba fuera de la casa del abusador y cantaba para deshonrarle. Un grupo de los Estados Unidos estableció una «zona de derechos humanos» en su barrio e hizo patrullas de vecinos para ofrecer protección a las mujeres además de un enfoque en la educación popular. Otros esfuerzos han incluido entrenar mujeres en auto-defensa, rechazo colectivo hacia el hombre que abusa y promover compartir las dinámicas de relaciones sexuales o de pareja más abiertamente con amig@s para que se genere más responsabilidad entre los miembros de la pareja y para que no esté aislada la pareja si empieza el abuso. Claro, los modelos tienen que responder a las necesidades particulares de las comunidades donde se implementan. El grupo INCITE! (Mujeres de Color Contra la Violencia) de los Estados Unidos ha publicado un manual de propuestas de estrategias y principios de responsabilidad comunitaria. Dicen que «contar con el sistema judicial ha tomado el poder que tienen las mujeres en su habilidad de organizarse colectivamente para parar la violencia y ha invertido ese poder en el estado.» Entre sus principios también hablan de «priorizar la seguridad de las sobrevivientes». «En fin -declaran esas compañeras- «la única cosa que parará la violencia en contra de las mujeres…es cuando nuestras comunidades ya no la toleren. Desarrollar estas estrategias es difícil porque requiere confrontar las raíces de la opresión – racismo, sexismo, homofobia y explotación económica – pero en fin, es sólo a través de la construcción de comunidades de resistencia y responsabilidad que podemos esperar meter fin a la violencia en contra de las mujeres…» Ya no nos quedemos en las palabras, construyamos nuestra ¡ya basta! con acciones determinantes.

La violencia psicológica: Es cualquier acto u omisión que dañe la estabilidad psicológica, que puede consistir en: negligencia, abandono, descuido reiterado, celotipia, insultos, humillaciones, devaluación, marginación, desamor, indiferencia, infidelidad, comparaciones destructivas, rechazo, restricción a la autodeterminación y amenazas, las cuales conllevan a la víctima a la depresión, al aislamiento, a la devaluación de su autoestima e incluso el suicidio.

La violencia física: Es cualquier acto que inflige daño no accidental, usando la fuerza física o algún tipo de arma u objeto que pueda provocar o no lesiones ya sean internas, externas, o ambos. El abuso físico suele agravarse a lo largo del tiempo y puede culminar con la muerte de la mujer.

Tomadas de «Hacia un Frente Común contra la Violencia hacia las Mujeres en la Región de las Altas Montañas (Veracruz)».

«(...) Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Pero no es esto sólo, Marx descubrió también la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa creada por él. El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto esos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas». F. Engels. Discurso ante la tumba de Marx. 17 de Marzo de 1883.

«…pero toda la concepción de Marx no es una doctrina, sino un método.

No ofrece dogmas hechos, sino puntos de partida para la investigación

y el método para dicha investigación».

F. Engels. Carta a Werner Sombart.

11 de Marzo de 1895



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