Las Armas de la Crítica

Elogio a la clandestinidad
Nuevo tipo de militancia

¿La sociedad mexicana es racista?

[BOLÍVAR ECHEVERRÍA ENTREVISTA A CARLOS MONSIVAIS]*

(…) Bolívar Echeverría: Otro aspecto de estas transformaciones de los usos y costumbres de México, sería el que se plantea de la siguiente manera: en el resto de América Latina, por lo general, se piensa a la sociedad mexicana como una sociedad que ha avanzado más allá que las demás, sobre todo en comparación con sociedades como las andinas, por ejemplo en una posible solución al problema del racismo. La revolución Mexicana, se dice, fue un movimiento que dejó como uno de sus resultados principales la superación de algo que, en los países andinos por ejemplo, existe todavía, y que consiste en una marcada discriminación racial de los indígenas. Y México es visto como el México mestizo, la sociedad que por fin acepta a todos, y no como un mosaico de identidades, sino como una interpenetración de todas ellas. A últimas fechas, en cambio (esta entrevista se realizó en junio de 2003) se insiste mucho en que en México l racismo está allí, y que es muy fuerte. ¿Tu cómo verías esto? ¿La sociedad mexicana es racista?

Carlos Monsiváis: No hay discusión: México es una sociedad racista y lo es de modo hipócrita y miserable. No es que se sientan genética y culturalmente superiores los que discriminan, insultan y hacen del estereotipo su noción de las minorías; para ser racistas nada más necesitan calificar a los indígenas de «raza inferior». Al no ser indígenas, ya de modo automático, no son inferiores. Éste es el fundamento de su actitud, y un ejemplo sobresaliente de la profundidad del racismo es la respuesta del levantamiento del EZLN. Lo primero fue negarles a los indígenas la capacidad de conocer sus propios problemas, de demandar el ejercicio de sus derechos y de notificar su decisión de sacrificar o no su vida por ellos. Desde el gobierno y la derecha se le negó al sector indígena de Chiapas toda autonomía mental: «son manipulados», algo central en las manifestaciones del racismo, porque si eran simplemente títeres, sus demandas provenían de seres carentes de humanidad. Aquí se volvía «mañosamente» a la controversia de Valladolid, y se decretaba: los indígenas no tienen alma porque son manipulados, y cualquiera les infunde un falso espíritu, con demagogia o con las cuentas de vidrio y los espejitos de la ideología, ¿no?

* Fragmento de la trascripción de la entrevista original a la revista Epur, revisada por ambos autores, para la revista Contrahistorias, No. 4, marzo-agosto de 2005. Dos intelectuales de izquierda recién fallecidos que mucho aportaron a las armas de la crítica radical de esta sociedad mexicana realmente existente.

Elogio a la clandestinidad

Bertolt Brecha

Es bello

Tomar la palabra en la lucha de clases.

Llamar a las masas bien alto a la lucha.

Para que aplasten a los opresores y liberen a los

oprimidos.

Es difícil y útil el trabajo diario, imperceptible,

el tenaz y secreto tejer

la red del Partido

ante el cañón de los dueños:

hablar, pero

esconder al orador.

Vencer, pero

Esconder al vencedor.

Morir, pero

esconder la muerte.

¿Quién no haría mucho por la fama, pero quién

lo haría por el silencio?

Pues la fama pregunta en vano

por los que realizaron la hazaña.

¡Aparezcan por un momento,

desconocidos de rostros cubiertos,

y reciban nuestras gracias!

Nuevo tipo de militancia

Isabel Rauber/Rebelión

Las nuevas prácticas políticas emergidas con fuerza desde las resistencias y luchas de los movimientos sociales han conformado una nueva militancia: capaz de concertar voluntades diversas y dispersas, de dedicar parte de su tiempo a tareas de capacitación para que las mayorías puedan participar con protagonismo creciente desplegando al máximo sus potencialidades. Se trata de una militancia consecuente con las propuestas que levanta, impuesta de que los desafíos socio-transformadores no son tarea de élites mesiánicas, sino que reclaman la participación protagónica plena de las mayorías conscientes. Esto habla de diversidades que habrán de articularse y conjugarse, de pluralidad de cosmovisiones, de horizontalidad en las interrelaciones y miradas, de un nuevo tipo de organización y poder que se construye desde abajo, con el protagonismo de los tradicionalmente considerados de abajo.

Esto modifica de raíz lo que hasta ahora se suponía era la «razón de ser» y actuar del militante: llevar las ideas y propuestas del partido hacia el pueblo y sus organizaciones, aceptando la hipótesis de que la misión histórica de las masas populares es la de organizarse para actuar como «fuerza material» capaz de realizar (materializar) el programa elaborado por el partido político (auto) considerado vanguardia.

La creciente movilización social y política de amplios sectores y actores sociales ha ampliado el ámbito de los político, modificado el accionar político y sus modos y, consiguientemente, llama a modificar la concepción de la militancia y sus modalidades de actuación política, generalmente centrada en la asistencia a las reuniones partidarias periódicas, en el análisis de documentos internos, en disputas domésticas, en debatir su perspectiva en los congresos, etc. Sin objetar estas actividades, está claro que resultan insuficientes y confinadas al «internismo».

El desafío socio-transformador actual es civilizatorio. Construir una nueva civilización es una tarea de gran magnitud para la que no alcanza la movilización de los activistas, requiere de la participación y creatividad de millones. A ello pueden contribuir todos aquellos que se van comprometiendo con la actividad sociopolítica y también los intelectuales orgánicos. Esto reclama desarrollar sostenidamente prácticas democráticas, horizontales y participativas en lo que se va construyendo, en el pensamiento y en la acción.

Se trata de ir configurando en las prácticas una pedagogía de la nueva praxis política, aportando valiosos ejemplos para la conformación de un nuevo tipo de militancia: solidaria, autónoma, consciente, responsable, participativa, constructora y concertadora de la participación desde abajo, en sus comunidades, con sus compañeros/as en su sector de trabajo, en el campo, en la universidad, en el ámbito sociocultural donde actúe, en la vida familiar, y en la organización social o política en la que participe. En sus alforjas inspiradoras cuenta con los aportes de la educación popular, cuyos principios y concepción fecundan el pensamiento y las prácticas colectivas de la transformación social. Es lamentable que todavía se halle tan disociada de las prácticas políticas de la izquierda. Ello evidencia, de hecho, la sobrevivencia de la cultura vanguardista.

Es tiempo de que la izquierda partidaria y su militancia pongan fin a su distanciamiento jerarquizado respecto de los sectores sociales populares; es vital suprimir las famosas «correas de transmisión» y sustituirlas por el diálogo permanente, el aprendizaje mutuo, la horizontalidad en las decisiones y el control popular.

Para decirlo de un modo comprensible para todos/as: la izquierda tendría que realizar una autotransformación homóloga a la ocurrida en la Iglesia Católica cuando el Concilio Vaticano II. Allí se explicitó que «la Iglesia» no radicaba en el edificio del templo, sino en el pueblo de Dios, y se les dijo a los curas que había que salir de los claustros, llegar al pueblo y convocarlo a construir lo que sería entonces «su» iglesia. Esto implicó para los sacerdotes desde cambios en su indumentaria (sacarse la sotana distanciadora), hasta modificaciones en su forma de practicar su religión: salir a buscar y escuchar al pueblo, convivir con la población donde quiera que ella estuviese y fuese.

Aquel impulso cristiano sustentó prácticas comprometidas de curas y mojas militantes, abrió las puertas a los llamados «curas del Tercer Mundo» y la «Teología de Liberación». Si resultó luego mediatizado, relegado y hasta perseguido por sectores retrógrados de la institución religiosa fue precisamente porque la experiencia fue un éxito en relación con los objetivos.

Si la izquierda partidaria y su militancia hicieran «su concilio» abriéndose hacia los pueblos, cambiando su lógica y sus prácticas, tomando como punto de partida las realidades socioculturales de los pueblos, asimilando y aceptando su diversidad de identidades y cosmovisiones, apuntalando sus prácticas, impulsando la maduración de pensamientos liberadores y de liberación, contribuiría a un cambio cultural y político colectivo radical y revolucionario. Sería razón suficiente.



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